martes, 30 de agosto de 2011

¡Y fin! (al fin). 31/8/2011

Hace una hora y pico entré a mi hogar con alevosa alevosía y nocturna nocturnidad. Llegué con la ropa de tres días, la barba de quince, sin mi mochila (sigue perdida) y con los pies combinando sin atención al glamour sandalias y calcetines. Si no me helaba.
Llegué cansado pero contento, que dicen. Abracé y me emocioné con los míos y ahora paso la noche tranquilamente en manos del desfase de siete horarios diferentes. Como un lechuzo.

Tecleo las últimas palabras para cerrar definitivamente esta bitácora, y lo
hago con las prisas y la impaciencia de quien observa al final del
pasillo su cama lisa y fresca, con las sábanas limpias oliendo a
suavizante y su almohada mullida, apenas alumbrada por la cálida y
suave luz de tungsteno de mi vieja lámpara, en una habitación que
exuda paz. Ya no temo a la amenaza de los mosquitos, ni al sofoco del calor
tropical, ni a las voces desalmadas de los empleados de algún
aeropuerto dando avisos en inglés por un megáfono. Mi habitación es mi refugio. Ver
mundo es placentero, pero hacerlo sabiendo que a la vuelta te espera
un lugar recoleto y pequeño que sólo a ti te pertenece, no tiene
precio.

Pongo fin a esta bitácora después de muchos días, cerca de cuarenta, y
un final de viaje tedioso, trepidante, y muy formativo. La experiencia
'caos aeroportuario' se resolvió felizmente, y además me permitió
conocer a las dos Patricias, las últimas amistades que me brindó esta
aventura.

Para llegar a Madrid visité Houston, Nueva York y Dublín, que tan
buenos recuerdos trajo a mi memoria. Y llegué a mi ciudad natal en un
autobús de lujo que agarré por los pelos de un calvo.

Lo que no mata engorda, y de mi penoso paso por las terminales
norteamericanas, mi fe en la buena suerte, en la paciencia, en la
esperanza, en el tesón, ha salido fortalecida. Psicología pura, las
Patricias ya me entienden.

Me despido pues hasta mi próximo viaje y les deseo a ustedes, sea cual
sea su destino, que el suyo sea grato y tremendamente enriquecedor. Me voy a mi cama.

Gracias por leerme. Hasta otra.

Mikel

domingo, 28 de agosto de 2011

Houston, tienes un problema. 28/8/2011

Algunos os preguntaréis qué es de mí. Estoy en Houston, en un hotel cercano al aeropuerto, compartiendo cuarto con Patricia y Patricia, mis dos compañeras de infortunio. Hoy hemos vivido un día para olvidar que sin duda recordaremos.

Estoy muerto y enterrado, así que para abreviar contaré que salí esta mañana de mi hostel en San José a las tres y media de la mañana y ahora, primera vezque reposo cuerpo y mente, son las once y pico de la noche.

Hemos vivido un auténtico via crucis de cancelaciones, idas y venidas de una ventanilla a otra, de una compañía aérea mala a una peor, de una agente estúpida a otra maligna, saboreando la bordería y el desdén en estado puro, acumulando falsas esperanzas que se estrellaban en sonoras frustraciones.

Hemos fracasado en nuestro intento de salir de América. Como Irene azotó Nueva York, puerta de salida aérea al viejo mundo, medio mundo se colapsa. No se puede ir a Europa desde Houston. Ni desde NY. Se han vendido más pasajes de los que caben, se han acumulado viajeros abandonados en aeropuertos donde sólo hacían escala -es nuestro caso-, hoy por hoy, la única opción es rezar para que los turistas que tienen un pasaje a Europa pierdan su vuelo para que los que engrosamos las interminables listas de espera ocupemos sus puestos.

La cosa pinta mal y nadie da soluciones. Las compañias aéreas se pasan la pelota las unas a las otras sin empatía ni eficiencia alguna que justifique las enormes cantidades de dinero que ilusos como yo desembolsamos después de mucho ahorrar. Estamos tirados y el único vuelo seguro a España, que ya tenemos reservado, parte el sábado día 3.

En fin, juro que no hemos perdido la paciencia, ni siquiera el humor. Pero esto es un coñazo y un chorreo de dólares. Mierda, desidia, impotencia. Cómo confiamos ciegamente en el sistema, y cómo éste nos la clava una y otra vez sin que siquiera pronunciemos una queja. Nos lo tenemos merecido, por pardillos.

Eso sí, es bonito ver los vínculos que se crean entre la peña afectada que arrastra sus maletas, vagando sufridamente por los grises pasillos de las terminales. Solidaridad, compañerismo y comprensión frente a la burocracia infinita y la insensibilidad de las grandes compañías. Mañana nos tendrán de nuevo a todos en unión peleando por huir de esta sofocante ciudad texana. Houston tendrá un problema.

Y mientras, pierdo mi añorada vuelta a casa, pierdo días de trabajo, pierdo tiempo y pierdo mucha pasta. Ah, y ellos (llamo 'ellos' a esa masa informe y etérea que son las compañias aéreas) me han perdido la mochila, para rematar. Pero no me han hecho perder la sonrisa, insisto. Los muy cabrones.

sábado, 27 de agosto de 2011

El fin de mi viaje, yo mismo, e Irene. 27/8/2011



Se acabó el viaje. Bueno, el viaje tal y como estaba programado, porque creo que seguirá por lo menos uno o dos días más. Irene es la culpable.

Lo que parece seguro es que mañana domingo despegaré de San José, Dios mediante, y aterrizaré en Houston. Paradójicamente es en Houston donde empezarán mis problemas, como si fuera un astronauta.

Mi vuelo desde esa ciudad a Nueva York se ha cancelado. Parece lógico, cuando se avecina a la gran manzana un huracán del tamaño de Europa y cuando están evacuando la ciudad como sólo había ocurrido en películas de ficción como Godzilla. Así pues, pierdo la conexión a Madrid. ¿Cuándo volaré?, lo ignoro. ¿Me facilitarán otro vuelo o un alojamiento hasta que sea seguro lanzarse al aire?, ni idea. ¿Acabaré siendo un homeless en Texas, vagando como un chalado, perdido en el mundo y hablando de un huracán demoniáco del que ya nadie se acuerde?, quién sabe.

Ahora mismo no tengo respuestas para esas preguntas, la verdad. Por si acaso llevo en mi mochila de mano un kit de supervivencia en aeropuertos, a saber: saco de dormir, muda para un día, sudadera con capucha, libro, linterna y cepillo de dientes. Y ver venir, oigan, mundo sencillo, no agobiarse. Después de la tormenta suele venir la calma. Solo espero que ésta venga a tiempo para llegar el día 1 de septiembre al cole. Aunque suene a broma, me apetece horrores trabajar.

Bueno lo importante es hacer un balance breve de este mes y pico de vagabundeo, exploración y pura vida. He conocido tres países nuevos para mí (cuatro, si contamos gringolandia y mi visita relámpago a Nueva York).

Costa Rica, un estado sin ejército, donde han sabido aliarse con la naturaleza y explotarla sin prostituirla, donde todo el mundo es ecologista por que sabe que la selva y el mar, con todo lo que contienen, son su principal sostén económico. Hoy acabé de ver el país con Arturo, amigo de mi compadre Iñigo, de cuando la ruta Quetzal, Natalie y el australiano John. Me llevaron a unas cascadas y al volcán Poas, cuyo cráter es uno de los más grandes del mundo, que contiene un lago de ácido sulfúrico en su boca y que vomita vapor de agua y azufre provocando frecuentes lluvias ácidas en sus faldas.

El Poas el último día, el Irazú el primero, en Costa Rica ha sido un no parar. Ascendí con mi amigo Carlos hasta la cumbre del Chirripó por un camino infernal que recrearé orgulloso desde la calidez de mis sábanas, observé a las tortugas en su paritorio caribeño... Pero lo que más recordaré será el salvaje parque de Corcovado, -aquel cielo e infierno en uno-, y esa pequeña muesca entre la selva y el mar llamada Puerto Jiménez que tan bien me trató....

Panamá, un estrecho país -geográficamente hablando- partido por el emblemático canal, que además de asegurar una sempiterna fuente de ingresos, permitió una cierta gringarización -si no de la sociedad- sí de la economía. Nunca olvidaré los días que pasé en Kunayala, conviviendo con gentes sencillas que me acogieron como a uno más, me cedieron una de sus hamacas, y me llevaron a pescar en las cristalinas aguas del Caribe. Tampoco olvidaré fácilmente la isla de Coiba, ni mi encuentro con los escualos, ni a las ballenas jorobadas resoplando en el horizonte.

Y Nicaragua, en fin, hablé hace poco de mi experiencia en ese país, del que saboreé apenas su esencia para saber que algún día debo regresar para conocerlo a fondo. Y una vez allí subiré hacia el Norte, que aún me quedan más países.

Han sido 35 días inolvidables. Sobre todo recordaré pequeños detalles, vivencias o momentos que me sería imposible referir aquí y que me habría gustado compartir con algunas personas. He viajado solo, lo que fue un reto personal en bastantes aspectos, pero que he superado más que satisfactoriamente. La soledad nunca ha invadido mi ánimo, muy al contrario, he aprovechado esa situación para acercarme a personas que, de otro modo (en la comodidad de una cuadrilla de amigos) probablemente no habría conocido de la misma manera. He encontrado gente interesante, simpática, siempre dispuesta a echar una mano, he hecho amigos en el camino con los que seguramente me volveré a cruzar. Con otros será más difícil, pero todos ellos me aportaron algo. Sobre todo la absoluta convicción -ya la tenía- de que siendo buena gente siempre se encuentra uno con buena gente. El Karma.
A todos mis compañeros y compañeras de viaje, fugaces pero intensas amistades en esta aventura, os mando un abrazo. Ya sabéis dónde estoy.

En fin, con el huracán Irene bramando amenazante en mi destino, llega a su final un viaje en el que nada estuvo programado, previsto o fijado a más de uno o dos días vista. Es esta una forma de explorar (más que de viajar) con la que se disfruta a cada segundo, sin prisas, sin calendario, sin agobios, y sin la angustia de dejar de visitar las recomendaciones de la guía. ¡Qué libertad no tener que ir tachando de una lista "lo imprescindible" de cada país! Se encuentran así lugares y personas que muy pocos más conocen, pero que hacen disfrutar al viajero lo que no está escrito, nunca mejor dicho.

Ha sido un viaje que recomendaría a cualquiera de mis seres más queridos. Soy consciente de que no todo el mundo tiene la oportunidad, así que he disfrutado de mi privilegio intentando hacerme digno de él, dando gracias y acordándome cada día de los que me esperaban en casa, de mis amigos, mi familia.

Pocos seres tienen la capacidad de ser graciosos cuando han muerto. Este pez globo es la excepción, ¿que no?
Dado el cambio de planes provocado por las inclemencias meteorológicas, no puedo decir que con estas palabras se clausura mi bitácora. Quizás mañana, tirado en alguna esquina del aeropuerto de Houston haya algo digno de ser contado y disponga de Wifi para hacerlo. He descubierto lo muy saludable que es escribir con frecuencia. Macutoyfedora era mi momento kit kat cada día. Un rato de reflexión, desconexión, relax y disfrute. Y sobre todo el momento en el que compartía con aquellos que no tuvieron la dicha de poder acompañarme, alguna de mis vivencias, no todas. Para relatar otras habrá bares y cañas en la mano pronto.


Por cierto, visitando este continente y pensando en lo que me queda por visitar, no puedo menos que destacar la inmensa felicidad me produce hablar una lengua tan maravillosa y universal como es el español. Gracias Colón, nacieses donde nacieses, por abrirle a esta lengua la puerta de medio mundo. Qué suerte tenemos.

Pues me despido ya, Centroamérica. Justo es, a mi juicio, que después de haberme dejado disfrutar de tus bosques, de tus criaturas, de tus playas y tus olas, después de haberme abrumado con la belleza de tu naturaleza, como debiste abrumar a mis antepasados cuando llegaron aquí buscando un nuevo mundo, la misma naturaleza se cobre un peaje. Espero que no sea muy largo ni catastrófico, Irene.
 

Un abrazo muy fuerte a todos.

Nos vemos.

miércoles, 24 de agosto de 2011

¿Qué sos, Nicaragua? 24/8/2011


¿Qué sos sino un triangulito de tierra perdido en la mitad del mundo? / ¿Qué sos sino un vuelo de pájaros guardabarrancos, cenzontles, colibríes? / ¿Qué sos sino un ruido de ríos llevándose las piedras pulidas y brillantes, dejando pisadas de agua por los montes? / ¿Qué sos sino pechos de mujer hechos de tierra, lisos, puntudos y amenazantes? / ¿Qué sos sino cantar de hojas en árboles gigantes verdes, enmarañados y llenos de palomas? / ¿Qué sos sino dolor y polvo y gritos en la tarde,-"gritos de mujeres, como de parto"-? / ¿Qué sos sino puño crispado y bala en boca? / ¿Qué sos, Nicaragua, para dolerme tanto? 

(Gioconda Belli, ¿Qué sos, Nicaragua?)

...

¿Qué sos, Nicaragua? Esa es la pregunta que me hice cuando sellaron mi pasaporte y entré al país. Una pregunta que intenté responder a lo largo de mi estancia, lográndolo solo en parte. Me faltó tiempo.

Mañana abandono el último país de mi viaje. El mejor. No es donde vi más animales, no es donde conocí a más gente (a excepción de mis dos últimos compañeros de viaje, Emanuele y Sam, italiano y neoyorkino) ni donde más me divertí. De hecho ha sido el país de mi ocaso, una tierra a la que llegué cansado de caminar, con mis sandalias ajadas y cubiertas por el polvo de muchos caminos, con el peso de mi macuto agrandándose a mi espalda a cada paso, con pocas palabras ya en los dedos para teclear esta bitácora. Llegué a Nicaragua sintiendo cerca el calor del hogar añorado, con los bolsillos ya casi vacíos, y con la piel maltratada por el sol del trópico y los mosquitos.

Dejé a Nicaragua para el final, y ese fue mi error, debí llegar cuando aún rebosaban en mí el ímpetu y el arrojo del que apenas acaba de bajar del tren.
Pero, sin duda, la experiencia de conocer este país, por ser la menos amable, ha sido la mejor.

Nicaragua exuda un sudor de sangre fresca, de hambre y analfabetismo asomando en muchas casas, de injusticia. Y pese a ello aún sonríen los chiquillos que piden córdobas hasta en las fuentes de agua volcánica de Ometepe, donde los turistas se ponen a remojo a ver si se curan de algo o les crece el pelo.

La sonrisa nicaragüense. Por cada choza denegrida, por cada res desnutrida, por cada agravio entre vecinos, por cada atropello de los poderosos, algún nicaragüense regala una sonrisa al visitante.
"No nos deje, vuelva usted, que este país necesita abrirse, necesita ver y oír lo que pasa más allá del Caribe y el Pacífico, conózcanos, no se quede con lo que leyó o lo que vio en la televisión, venga a visitarnos", parece expresar el gesto.

He tenido la suerte de haberlo podido hacer, de ver el potencial de sus colinas, de sus mares, de sus gentes.

Pero el potencial se desperdicia día a día en el país que hace años concentró los anhelos y esperanzas de medio mundo. ¿Dónde está ahora Nicaragua? ¿Quién se queda la plata para hacer las carreteras, cuyos guijarros y zanjas pincharon la rueda del auto de Don Ángel, mi chófer en Ometepe? ¿Quién impide que se venda la gasolina barata? ¿Quién niega un par de zapatos nuevos a Juan Gabriel, el niño de San Ramón que va a la escuela pisando barro?

Algunos nicaraüenses se hacen la pregunta, otros la evitan o se encogen de hombros como única respuesta. "Roban todos, los de siempre. No sé ni para qué hacen elecciones, con el gasto que supone", decía un joven taxista que me llevó a Rivas.
Y ya no hablamos él y yo más de política. En ese terreno todo es encogerse de hombros, resignarse a lo que hay. A lo que hubo siempre, desde los tiempos de los españoles hasta Somoza, la revolución y Daniel Ortega. Charlamos en cambio sobre boxeo, béisbol y el Barça, que enciende hoy las mismas pasiones que otrora lo hicieran la desigualdad social o el hambre.

Don Ángel en cambio, sí opina. Me cuenta al poco rato de reparar la rueda a los pies del volcán Arenas, que el problema es el "dictador" que regresó al poder tras ganar en las urnas. Recuerda con amargura la revolución como una esperanza fugaz que acabó en racionamiento y libertades individuales cercenadas en nombre de la igualdad.

Y habla de la sombra de las armas, que vuelve a cernirse en algunos puntos del país. "Ya se oyen algunas balaceras", explica. Y me refiere asesinatos políticos entre personas cuyos nombres ni me suenan. "Dios quiera que vivamos en paz, pero las dictaduras provocan guerras, porque el pueblo se cansa". Su argumento lo he oído en mil países, en  boca de líderes de izquierdas, de derechas, blancos y negros. La justificación de la violencia. Aquí fueron los Somoza primero, los sandinistas más tarde, la Contra y la CIA después, los que hicieron propio ese discurso. Todo para justificar el festival de la sangre.
 "Pero con frecuencia quitan a un dictador para poner a otro", replico respetuosamente.
Otra vez el encogimiento de hombros y el silencio por respuesta, en este caso de una generación demasiado acostumbrada a resolver las cosas a tiros.

¿Qué sos, Nicaragua? ¿Esperanza? ¿Resignación? ¿Optimismo? ¿Pesar? ¿País prometedor o caso perdido?

Y así, sin responder del todo a esas preguntas, cruzaré mañana la frontera para volver el día 28 a la tranquilidad de mi casa. Lo haré con la pena de no haber podido profundizar un poco más en este país de poetas, guerrilleros, curas y campesinos. Pero llevo conmigo la convicción de que la sonrisa nicaragüense me hará regresar antes de que la corrupción, la violencia o la pobreza, consigan borrarla del moreno rostro de los chiquillos de San Juan, de las viejas vociferantes del mercado de Granada, del pastor de vacas que saluda desde su caballo, o de la muchacha que acaba de servirme un gallopinto diciendo, dulcemente, "con permiso".

Viejo mirando a su Patria desde la Isla de Ometepe.

lunes, 22 de agosto de 2011

La revolución perdida. 22/8/2011



Ya me lo habían advertido, pero quería comprobarlo personalmente. Ayer
en el paso de Peñas Blancas crucé algo más que una frontera entre dos
países. Costa Rica es el estado centroamericano más rico y
desarrollado de Centroamérica. Nicaragua es en cambio el país más
pobre de toda Latinoamérica, sin contar obviamente a Haití, sangrante
caso aparte. Mi viaje, mi turismo, adquiere aquí otra dimensión. Otro
rollo.

Las infraestructuras en general y las destinadas al turismo en
particular están francamente mal, salvo excepciones. Calles sin
asfaltar, basura en las esquinas...  Eso sí, hay publicidad de
Movistar hasta en los carros de caballos.

Y eso que Granada es un destino más turístico que otros que he ido
atravesando en el país. No obstante no es raro observar a personas
tiradas como colillas en calles llenas de polvo y barro, compartiendo
el suelo con perros pulgosos y famélicos que comparten su suerte. En
mi guía dice que la policía tiene que hacer a veces autostop para
llegar a una llamada. También hay hoteles de lujo, claro. Y bares muy
animados donde suena la música y todo el mundo está contento. Curioso
es el mercado, todo bullicio y aromas. Me perdí unas cuantas veces
entre yucas, zapatos y reses abiertas en canal.

Pero insisto, esto es otro rollo. Ayer, cenando en una terraza cercana
a la colorida catedral, vi niños -no pasarían de diez años, cara sucia
y desaliño-, limpiando botas o pidiendo comida de los platos. Una
señora española de unos sesenta años les repetía con insistencia,
mientras sacaban brillo a sus sandalias: "Hacedme caso, id a la
escuela".

Otros renacuajos, sin zapatos en los pies, bailaban una suerte de
gigantes y cabezudos al ritmo de un tamboril buscando la ansiada
propina del turista. "¡Qué exótico!", dirán algunos.

Viniendo en el bus me crucé con Carles, un joven valenciano que hasta
hace poco trabajaba en la agencia española de cooperación y ahora ha
montado una consultora en Managua, no sin dificultades.
-¿Cuál es el problema de este país? ¿Por qué no sale adelante? ¿Qué le
diferencia de Costa Rica, por ejemplo? -pregunté.
El valenciano suspiraba.
-La violencia, vigente hasta hace pocos años. Gobiernos populistas y
corruptos. Promesas que desaparecen como el humo...

Actualmente el Gobierno de la nación, en manos del frente Sandinista y
Daniel Ortega es, decía el español, como el chavismo venezolano pero
sin petróleo. No hay recursos en este país.

-¿Y por qué no explotan el turismo? Naturaleza les sobra, como a sus vecinos.
-Es que para eso hace falta mucha plata. Todo son promesas que no se
concretan en nada.

En Granada, la ciudad donde me hallo, de aire colonial y coloridas
fachadas (en una visita del Rey Juan Carlos a la ciudad, éste dijo
simplemente: "No toquen nada"), nació un personaje del que siempre oí
hablar en casa: Ernesto Cardenal.

Sacerdote jesuita, escultor, poeta, teólogo de la liberación y
ministro de la revolución sandinista, Cardenal fue uno de aquellos
idealistas que en la década de los ochenta creyeron que Dios
libertaria a los pueblos oprimidos de Centroamérica. Luchó contra el
somocismo y llegó a ocupar la cartera de Cultura de su país, antes de
que cerraran el ministerio por falta de recursos. Pero la CIA, y el
papado de Juan Pablo II cortaron sus aspiraciones. Recordada es la
imagen del guerrillero cura arrodillado ante el Pontífice mientras
éste le reprendía ásperamente y en público con el dedo alzado.

Ahora el poeta se dedica a escribir memorias y a vivir su vejez. Uno
de sus libros se titula "La Revolución Perdida". Desengañado con el
sandinismo de Daniel Ortega, incapaz de resolver los problemas de la
patria, abandonó la política y su país sin que aquellos ideales,
aquella liberación, fuesen más allá de un sueño dulce y pasajero.

Aquí en Granada, cuna de Cardenal, fui incapaz, por más que anduve de
aquí para allá perdiéndome entre las callejuelas del mercado y los
conventos coloniales, de encontrar un solo libro firmado por aquel
prolífico escritor. Desde luego, su revolución se perdió.

Acabo de apurar un burrito que me ha costado 105 córdobas (cuatro
dólares y pico), precio que he considerado excesivo dadas las tarifas
del país.

Ahora, mientras observo al limpiabotas imberbe agachado y harapiento
frente a la señora que le insiste que vaya a la escuela, un
remordimiento recorre mi estómago. Y cuando acaba su labor, y el
zagal, que probablemente no sepa quién es Ernesto Cardenal, donde está
España, o cómo se escribe su nombre, me ofrece a mí el servicio,
mirándome con una expresión cansada y adulta, impropia de su edad,
trago saliva y me invade un sentimiento de angustia -quizás es
vergüenza- al responder, simplemente: "No, gracias".

domingo, 21 de agosto de 2011

Mundo Sencillo. 21/8/2011

Aina, yo, Eliú, Elena, María y Paula. Pizzas recalentadas pero sabrosas.

Tecleo hoy desde la ciudad de Granada, no la de la Ahalambra y García Lorca, sino la que levantaron los españoles a orillas del lago Nicaragua en 1524, la más antigua fundada por nuestros antepasados en el Nuevo Mundo.

Otra vez, tras el paso por Tortuguero, regresé ayer a San José, la capital de Costa Rica. Esta vez no lo hice solo, ahora formaba parte de la "Comunidad del Hatillo", que integraban mis amigas maestras Paula, Aina, Elena , María y el mexicano Eliú. Diversas procedencias, un único objetivo: ver mundo.

Nos despedimos por la noche en un bar de música en directo de la capital tica, brindando por América y por Paula y Aina, que continuarán su viaje por el continente durante un año más. Esta mañana, la Comunidad del Hatillo fue disuelta temprano. Elena y María regresaron a España, Eliú volvió a Montezuma para seguir tocando percusión y vendiendo su artesanía, Paula y Aina partieron a mi querido Puerto Jiménez (no sin llevar un recuerdo de mi parte), y servidor se montó en un autobús durante diez horas para atravesar la frontera del último país de su viaje: Nicaragua.


Todavía no entraba mucho polvo.
El trayecto se me hizo monótono e incómodo, aunque no tanto como aquel desde Tortuguero, sentado en las escaleras del bus, y con nubes e polvo del camino entrando por los agujeros de la puerta en tromba, asixiándome y cubriendo mis ropas y mi mochila.

En el viaje de hoy, tuve a mi vera al señor más grande del autobús, un negro panameño que pesaría ciento y pico kilos abierto en canal, y que desbordaba su asiento por delante (sus rodillas inmensas han debido de dejar marca en el asiento delantero) y por los lados. Pasó gran parte del tiempo roncando y dando cabezadas, de las cuales algunas fueron a parar a mis hombros, recordándome otra escena de Moby Dick, aquella en la que el protagonista Ismael se ve obligado a compartir lecho con un inmenso caníbal llamado Queequeg.

Cuando no dormía, esta mole oscura de gran corazón me hablaba del amor de Dios y de que si lo positivo del hombre se impusiese a la negatividad, si triunfase el perdón entre los seres humanos, se acabarían los males de este mundo. El hombre viajaba con otro grupo de panameños, integrantes de una asociación cristiana, rumbo a Honduras para difundir ese y otros mensajes de paz.

Aunque al principio me dio un poco de pereza, escuché atentamente a este hombre predicar con la palabra y hablar de amor entre los seres humanos.

Ahí sí. Polvo rico.
Su diatriba me recordó mucho a una copnversación mantenida en la Comunidad del Hatillo la noche anterior. Aina, una de las viajeras, hablaba de cosas como el optimismo, la fe en uno mismo y la ausencia de comeduras de tarro para afrontar los problemas, como las claves para conseguir en esta vida todo lo que uno se proponga. En un viaje como este, todo puede ir sobre ruedas y para qus eso ocurra hace falta cabeza y prudencia por supuesto, pero también una actitud ante la vida en el que las preocupaciones ocupen un espacio pequeño en nuestro coco respecto a las oportunidades.


A todo se le puede dar la vuelta, y a todo se le puede buscar un lado positivo, decía Aina. Las cosas ocurren porque tienen que ocurrir. Creo que no se equivoca. De todo se aprende algo, también de las malas experiencias y de las frustraciones, y es importarse no obsesionarse con aquellos elementos que uno no puede controlar (retrasos de autobús, hostales repletos, taxistas sin escrúpulos, barcos estropeados). Para disfrutar de un viaje de aventura, las dificultades hay que afrontarlas como vienen, sin agrandarlas, sin tremendismos, valorándolas en su justa medida.

Es lo que mis amigas llamaban "la vida sencilla". Ambas tienen una consigna, una frase para este viaje extraído de algún libro de autoayuda, pero que repetida en voz alta, y en el contexto adecuado tiene una gran carga de significado. Dice así: "Hemos elegido vivir en el mundo sencillo, donde todo es fácil. No dejes que el dictador del mundo complicado te lleve a su terreno".

Ahí José -Queequeg- gran persona en todos los sentidos.
Evidentemente no todo es objetivamente fácil en esta vida, pero sí es cierto que muchísimas veces caemos en las redes de ese dictador del mundo complicado, sin que sea necesario ni útil. A veces nos comemos la cabeza con cosas que no deberían merecer más allá de un desdén. Si caminas por el mundo creyéndolo sencillo de veras, las dificultades que entraña serán más llevaderas. "Preocuparte -más allá de lo necesario- es poner tu fe en aquello que no quieres que suceda", decía otra de las frases de mis amigas.

A punto de concluir el viaje (el 28 tomo el avión rumbo a casa), puedo decir que todo me ha salido hasta ahora bien. Y lo que no, será un bonito recuerdo en mis memorias. Vine sin preparar una ruta, sin haber concretado hoteles, trasnporte o cosas que ver y hacer. Sin preocupaciones ni ansias.

Hoy es el primer día que puedo decir que algo ha agriado durante un momento mi caracter. Recién bajado del autobús, un taxista sin escrúpulos me ha intentado timar de un modo miserable. He discutido agriamente con él, reduciendo el timo, pero sabiendo que todavía me estaba tratando de turista imbécil. Cuando me bajaba del taxi con el escozor de la derrota y la impotencia de haber sido engañado sin remedio, le he dado las gracias al taxista y le he tranquilizado: "No se preocupe, no empaña usted mi viaje, ni siquiera mi día, pese a que llevo en Nicaragua menos de un cuarto de hora".
Acto seguido he encontrado un hostel y sus dueños, padre e hijo, me han rebajado del precio de la noche la cantidad que han estimado que aquel hombre me ha estafado. Ha triunfado el mundo sencillo.






viernes, 19 de agosto de 2011

Tortuguero. 19/8/2011

Volver a Costa Rica es, indudablemente, regresar a una naturaleza
desbordante, donde la vegetación se desaparrama inundándolo todo,
donde el agua del río y el mar rodean la foresta ofreciendo hermosos
contrastes de quietud y violencia, y donde las criaturas de todos los
reinos de animalia posan sin timidez ante los ojos de los hombres. Es
un lugar ideal para extraer lecciones, reflexionar, divagar...

"Tortilla y circo"
Si ayer colgaba un post sobre la nostalgia del hogar y la patria,
bastó apenas media hora para que un grupo de encantadoras españolas
con las que he coincidido en mi hostel me invitasen a su mesa para
compartir un emotivo y simbólico menú: tortilla de patatas.

Es difícil precisar la delectación con la que saboreé el cotidiano
manjar, doblemente sabroso al haber sido preparado por manos amigas.
Curiosamente las amistades del viajero suelen tener dos rasgos
característicos aparentemente difíciles de combinar: fugacidad e
intensidad. Cuando estás fuera y encuentras a personas en tu
situación, especialmente si hablan tu lengua, por muy diferentes que
sean de ti, enseguida se ponen de relieve las cosas en común, las
experiencias compartidas.

Incluso la confianza se cimenta pronto entre personas que, de haberse
cruzado en sus vidas cotidianas, apenas se habrían tratado con cortés
indiferencia. Luego cada cual toma su propio rumbo, quizás separándose
para siempre, pero el recuerdo, una foto, un mail, permanecen.

Las conversaciones en estas ocasiones en seguida discurren por lo
personal. Todos queremos saber cosas de los demás, y preguntamos con
sincero interés sobre las respectivas vidas reales, las historias
ajenas.

Algunas de esas historias personales que llegan a mis oídos por boca
de sus protagonistas son tremendamente interesantes, y de todas saca
uno un nuevo conocimiento, un punto de vista sobre ciertas cosas que
nunca creyó poder tener. Riqueza pura.

La sobremesa de ayer fue realmente divertida. Resulta que las chicas
que me invitaron a cenar tortilla española son maestras (lo de el
número de docentes que he encontrado en mi camino merece capítulo
aparte).

Lo mejor es que tres de ellas han sido hasta hace poco maestras
circenses, un oficio del que hasta ahora ignoraba su existencia. Son
contratadas por el Ministerio de Educación para garantizar ese derecho
a las decenas de niños y adolescentes que recorren la geografía
española haciendo malabares, domando fieras o viendo como lo hacen sus
progenitores en circos grandes y pequeños.

Me refirieron cosas muy curiosas: las ventajas y desventajas de una
existencia nómada, la vida en una caravana, cómo se imparten las
clases en un tráiler-aula, o la sordidez que este mundo de ilusión,
luces, acróbatas y payasos, oculta entre bambalinas.
Dos de las maestras de circo ahorraron durante años y ahora viajan por
América sin un rumbo a corto plazo. Su último objetivo es llegar a
Tierra del Fuego, en Argentina, pero sin prisa. Calculan que sus
ahorros aún les permiten un año de vagabundeo y aventura. Partieron de
Calfornia y ya llevan once meses de viaje.

Entre las experiencias y personajes que han encontrado, destacaron la
historia de un joven ciego de Murcia que lleva viajando desde hace
meses con la única compañía de su fiel perro Lazarillo. O la de dos
tipos que están dando la vuelta al mundo a pie... Gente admirable, de
algún modo.



"Las leyes del pantano"
Tortuguero es un agradable pueblecito costero al cual no llega
carretera alguna. Se levanta en una porción de tierra encerrada entre
el mar Caribe a un lado y una serie de ríos, canales, tierras
pantanosas y selva, al otro.

Durante la mañana de hoy he recorrido en canoa, junto a Ianire,
Carlos, Amparo, y el guía Mauricio, los ríos y canales de agua marrón
que aíslan a este lugar del mundo exterior. Con el suave rumor del
agua, al verse removida por cada golpe de pala, han desfilado ante
nuestros ojos majestuosas garzas pescadoras (una especie de aquí
utiliza insectos que arroja al agua para atraer a peces con los que se
deleita). También nos han saludado familias de monos araña, con sus
piruetas imposibles en las copas de los árboles; aves extrañas y
escandalosas; arañas altivas colgadas de una red que al reflejo del
sol parecía tejida con hilos de oro; discretos caimanes de mirada
vidriosa y calculadora; y toda clase de reptiles:  tortugas de agua
dulce, iguanas y basiliscos. Estos últimos nos han obsequiado con un
impresionante espectáculo al caminar velozmente por las aguas haciendo
equilibrios con su magro cuerpecillo de color verde chillón. Por aquí
los llaman 'jesucristos'.


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Todos estos seres parecían disfrutar del sol que se filtraba a través
de la selva, indiferentes a nuestra visita. No molestan al hombre si
éste cumple el pacto y solo mira. Pero el ser humano es curioso e
imprudente, sobre todo cuando apenas ha empezado a vivir. En 2005, un
chaval de trece años se bañó en una zona del río vetada al hombre y
ferozmente custodiada por los monstruos de los pantanos. De nada
sirvieron las advertencias y ruegos de sus amigos. Cruzó la línea y el
cocodrilo se cobró un alto precio. Ante el espanto de sus compañeros,
el joven desapareció entre las crueles fauces de un gigante y jamás se
encontró de él el más insignificante rastro.

Nuestro guía nos contó que poco antes de su trágico fin, el púber
había encontrado en la orilla arenosa unos huevos y los había
destrozado. Desde el agua, la fría mirada de la madre esperó el
momento de la venganza, camuflada en el color del agua, demostrando
que estos animales pueden fijar un rostro en sus cerebros jurásicos y
reconocerlo al tiempo.

Escalofríos aparte, la verdad es que la jornada no pudo ser más
completa en lo que a observación de animales se refiere.
"El tiempo de las tortugas"
Con el simpático grupo de maestras y un chaval mejicano que les
acompaña, fui a las cuatro y media de la mañana, -aún noche cerrada- a
ver cómo desovan las gigantescas tortugas que dan nombre al pueblo en
una playa cercana.
El espectáculo, admirado en respetuoso silencio, era casi místico.
Despuntando el alba, un enorme ejemplar de estos animales, que quizás
vino al mundo mientras Europa se batía a bayonetazos en la Gran
Guerra, prolongaba su especie poniendo cientos de huevos, de los
cuáles solo uno de cada cien llegará a la edad de su madre.

La cara cansada y llorosa de la vetusta tortuga, que removía con sus
aletas -más diseñadas para la navegación que para la minería- kilos de
arena para depositar su descendencia, pareció cambiar cuando reptó
lentamente junto a nosotros de vuelta al mar.

Viendo a las primeras olas romper en su grueso caparazón, creí verla
sonreír, sabiendo que con los peligros y los esfuerzos empleados en el
desove, estaba en paz con el gran azul, había cumplido su parte del
trato en el ciclo de la vida y podía retirarse a un merecido descanso
en su medio natural.



Allí navegará por los siete mares, libre y despreocupada. Y mientras,
en tierra firme, las generaciones de hombres se irán sucediendo, y
seguirán midiendo la vida con años, meses, días, horas, minutos y
segundos, preocupados siempre por el tiempo.

"El tiempo", es este un concepto que para la vetusta marinera que vi
partir entre la espuma carece de sentido desde el mismo momento en que
rompió la cáscara protectora. Sería obsceno que este longevo ser se
preocupase por medir su existencia, teniendo en cuenta que un día la
naturaleza le concedió el privilegio -a cambio de la cita anual en
Tortuguero- de ser la única elegida entre aquellos cien huevos que su
sufrida madre trajo al mundo, y que desaparecieron como lágrimas en la
lluvia.